jueves, 24 de marzo de 2011

Quietos allí, sentados en sus Harley, en viejas 350 Four con los cuatro tubos de escape originales o con el clásico cuatro en uno, de poderoso ruido. Soñadas, suspiradas y finalmente obtenidas gracias a extenuantes oraciones a sus padres. O bien con el sacrificio de los desafortunados bolsillos de algún despistado que se ha dejado el billetero en la guantera de alguna Scarabeo o en el bolsillo interior de una chaqueta Henri Lloyd demasiado fácil de limpiar durante la diversión.
Esculturales y sonrientes, la broma fácil, las manos toscas con alguna que otra cicatriz, recuerdo de una pelea. John Milius habría enloquecido por ellos.
Las chicas, más silenciosas, sonríen. Casi todas se han escapado de sus hogares, inventando un descanso tranquilo en casa de una amiga, que por el contrario está sentada a su lado, hija de la misma mentira.
Un único sí sale de aquellas bocas con brillos de extraños sabores a fruta o barras de labios robadas a dependientes distraídos, o en baños maternos más llenos que muchas perfumerías.



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